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Ab imo pectore

EL PERISCOPIO :: LA ÚLTIMA MISIÓN

 

La última misión

 

La ciudad se encontraba casi abandonada, el indescriptible olor a muerte, pólvora y sangre seca colmaban las calles de aquella metrópolis, en el pasado orgullosa y altiva, ahora casi por completo destruida por la ira del ejercito invasor, el silencio era ocasionalmente roto por algún pedazo de muro que se derrumbaba y con estrépito caia al suelo.

Rostros, gritos, lagrimas, lamentos, suplicas, todo había quedado atrás; el silencio anunciaba que la pesadilla había terminado .

 Solamente para un soldado que aun dormitaba entre los escombros, el horror jamás terminaría. Él, había sido olvidado para siempre en aquel mundo de fantasmas, perdido por alguna extraña razón, retenido por el destino para cumplir su última misión.

 Bajo el sueño de todo aquello que convierte en pesadillas el mundo real, un grito surgido de sus recuerdos despertó su cansado y exhausto cuerpo, abrió los ojos y la luz de un opaca mañana iluminaba tenuemente los alrededores, no lograba recordar el día o el año, atrapado quizás por el agobio de su alma, en el laberinto de sus propios pecados.

Retrajo su cuerpo, imaginó que era una especie de ostión queriendo refugiarse del mundo que le era insoportable, cerraba los ojos y escuchaba a los niños reír, luego esas explosiones y después ese silencio que se propagaba en lamentos que atravesaban sus oídos una y otra vez.

 Porque mientras viviera, jamás podría olvidar aquellos ojos inundados de tanta furia y tristeza de aquel joven, muerto por sus propias manos.

Apretó tanto los ojos que temió quedarse ciego.

 A unos metros de él se encontraba el cadáver de una mujer, el cuerpo yacía inerte sobre unas lozas amarillas debajo precisamente de una goteante regadera, su cráneo despedazado había sido probablemente impactado por una bala perdida de los francotiradores, el soldado la contempló largo rato, no con lastima o enojo, sino más bien como un igual y quizás hasta con envidia.

 Pronto advirtió que en la mano izquierda, el cadáver aun sostenía el jabón con el que pretendía darse un baño, cerró de nuevo los ojos tratando de imaginar esta última acción, intentando entender como la vida puede desvanecerse en algo tan cotidiano como un simple baño.

 Tras un tiempo que pareció una eternidad, decidió aproximarse al destrozado cuerpo, pronto y con delicadeza tomó el jabón ensangrentado, no obstante aun olía bien, despedía un aroma delicioso de hierbas aromáticas, entonces asolado por la melancolía, por las infinitas horas en vigilia y el terrible demonio de la culpa, surgió en el la necesidad de completar la misión de aquella mujer, una misión sencilla, tomar un baño.

Lentamente comenzó a despojarse  de sus ropas, su traje estaba desgarrado y su cuerpo sangraba de numerosas heridas, las cuales, sin embargo, no eran mortales, tenía tierra en la cara al igual que en el cabello y su arma, ese instrumento que lo había acompañado desde hacia tanto tiempo, parecía pesarle una tonelada, había acabado con innumerables  vidas y el peso de tales acciones agobiaba su alma de manera indescriptible e imperdonable.

Abrió lentamente la llave y como un único milagro comenzó a caer agua, era fría pero a él ya no le importaba.

Paso el jabón por todo su cuerpo, quería imaginarse que todos sus crímenes se disolverían en espuma talló y restregó buscando que el jabón se llevara todas las pesadillas, pero cuando hubo terminado, cuando su cuerpo emanaba dulces aromas, se vio a sí mismo y pudo observar que a pesar de su aparente limpieza ahora tenia la sangre de aquella  mujer en el cabello y en el cuerpo, horrorizado comprendió que también tenia marcas indelebles de sangre en el alma, y lo peor, lo insoportable, es que no era sangre suya.

 

 

Eduardo Aké

*Imagen tomada de http://www.yanous.com

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    Es una frase muy popular en latín (¿qué tan popular es el latín hoy en día?) y significa

    Desde el fondo de mi pecho (o corazón)

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